La alborotadora es colocada sobre su rodilla al borde de la cama. Su mano golpea su pequeña y bien formada nalga, ya enrojecida. Al tomar el cepillo para el cabello, la parte plana azota terriblemente sus mejillas, tensas sobre su rodilla. Al agarrar la paleta de caoba, cubre ambas nalgas con azotes hasta que ella se retuerce y responde con insolencia. De pie a su lado, aplica los golpes más fuertes, desafiándola a ser rebelde. Los ardientes azotes de la paleta la dejan dolorida y arrepentida antes de que él comience su trabajo.