A Kiki se le ordena acostarse en el sofá con las bragas bajadas mientras su padrastro saca el cinturón de su cintura. Blandido desde lo alto, Kiki llora desde el primer latigazo del cinturón, que cae fuerte y rápido. Azotando sus nalgas desnudas, él continúa regañándola, marcando el impacto del cuero pesado. Kiki gime y grita, con sus nalgas hinchadas y moradas, temblorosas. Al regresar con una correa gruesa, continúa golpeando sus nalgas metódicamente, haciéndola pagar por su comportamiento travieso.